lunes, 27 de junio de 2022

Miradas

La Cantabria ignota del Paleolítico, el Beato de Liébana, grumetes con Elcano, carlista..., y la poesía desnuda de José Hierro

  Del horizonte, por el cortado, llega un tibio rumor de oleaje. Al acercarnos, otra ola gigante, pero de piedra de un anticlinal, envuelve la ermita de la mártir sevillana Santa Justa, ahora en Ubiarco, mientras unas gotas volanderas caen como lágrimas rotas en un mar encrespado.
    Arriba, la sobria ermita de San Roque tiene la cal blanca y las maderas cuidadas. De la penumbra del pequeño templo surge Maite. Viene de barrerlo un poco, y cambiar las flores, heredad de su abuela. Envuelta luego entre sábanas que descuelga del tendedero cruza hasta su posada; las telas son lienzos blancos que destellan recuerdos de velámenes y tormentas que se tragaran los barcos allá abajo en el roquedal. No muy lejos suenan al son de un clarinete piccolo, tambor y castañuelas, cancioncillas de amor, alegres unas, románticas y tristes otras. Es el grupo de danzas "Santa Justa". La risa y el baile en la jota vuelven tras la pandemia con los precisos apuntes de su directora, "hay que preparar la fiesta, allá en septiembre". Al caer la noche las voces y murmullos de las mujeres al son de sus panderos suenan a letanías y melodías orientales (quizás el mundo árabe que llegó hasta sus montañas cántabras, ante un pueblo de insumisos con los romanos, muertos antes que esclavos, para luego ser claves en las revueltas de los cristianos).  El mar aloja lejanos contrastes.
   Ahora Cantabria recuerda a Juan de Santander, del barrio de Cueto,  un grumete superviviente de los tan sólo dieciocho marinos embarcados, según el diario de Antonio Pigafetta, en la expedición en busca del oro del momento, las especias, con Fernando de Magallanes y terminada por Juan Sebastián Elcano; salieron un 20 septiembre de 1519, y arribaron un 6 septiembre de 1522). 
 Y ahí está amarrado, en la bahía que los romanos vieron como de las más seguras del mundo, el "Juan Sebastián Elcano", símbolo de la Armada Española. Fastos de calle como teatro, conciertos, y los cadetes paseando de impoluto blanco, de nuevo el color asociado al mar, entre jóvenes santanderinas que sonríen a las anécdotas de travesía (todo bajo el paraguas de la Fundación Botín y demás mecenas del siglo). 
   En el café suizo del paseo marítimo, Carlos se esfuerza por engatusar con un mediano en su terraza a los pocos paseantes que la fina lluvia, su calabobos, no ha arrinconado en casa, y que ha dejado unas gotas colgando de los rostros de los niños/estatua que se tiraban al mar por una perra gorda. Allí, también, las últimas cañas por si cae un pescado para la cena. La luz, la gasolina, la comida, los alquileres, y salarios ajustados, parecen dar palos sin ton ni son en miles de bocas, mientras en los periódicos saltan los repartos de beneficios de las industrias petrolíferas, del gas, eléctricas, y los bancos (con la subida de intereses desde la víspera; sigue la plaga insaciable del capitalismo). Y siempre, una guerra, ahora Ucrania que desplaza de los telediarios a las anteriores.
   El viajero vino para descubrir también su Cantabria ignota. Para ver sus entrañas de miles de años, restos de sus primeros pobladores, sus refugios y cuevas, restos óseos, sus pinturas, sus mobiliarios, aquéllos que hablan del hombre, sus triunfos y temores (los chamanes como mediadores entre lo natural y lo sobrenatural). Cruzar la calle del café, y bajando unas escaleras, viaje al vientre de la madre tierra, se adentra en el Museo de Prehistoria y Arqueología de Cantabria (MUPAC).
Falage de uro
Falange de uro (bovino
extinto, antecede al
vacuno actual).
 La Garma.
    El viajero recuerda los primeros símbolos y manos de tinte espolvoreado sobre el techo, los caballos y bisontes majestuosos y casi tridimensionales de Altamira, en Santillana del Mar y, sobre todo, el mimo con que maestros y profesoras iniciaban a sus pupilos a los más mínimos detalles, de cuidado con el resto de visitantes, de las filmaciones de antropólogos que cruzaron los continentes a principios del siglo pasado; inuit, masais..., tribus y pueblos captados en su subsitencia como hace milenios, cazando con flechas como refrescan las paredes de cuevas y sacando los gusanos de la tierra del desierto. Y ahora en este museo, cómo no recordar La Garma, donde “se utilizaba grasa del tuétano para no hacer humo", y cómo la cabra se retuerce en la espátula ósea. ¿Cómo sintieron nuestros ancestros, pensaron en la trascendencia, o el fluir diario, hace treinta mil, quince mil años? Mientras pulían maravillosos enseres para su rutina y que hoy son la admiración como pequeños objetos de arte. 
Fosas en Nador (Marruecos). Urge enterrar
a los inmigrantes muertos (casi 40 y decenas
de heridos). El País 27-62022.
    Pero estos días han surgido nuevos restos de nuestro presente que encontrarán futuros arqueólogos. Las fosas de Nador (Marruecos), cuando identifiquen otras fosas, las fosas de Nador, donde se enterrarán hoy los inmigrantes asesinados, hombres buscando una oportunidad de trabajar, de huir del hambre y la miseria, al intentar cruzar la frontera de Melilla entre Marruecos y España, con la falta de humanidad y condena del propio gobierno español. ¿Qué interpretarán, qué discurso, qué fuentes contrastarán? La vergüenza y la repugnancia por estos gestos sobre los débiles seguirán marcando la estirpe humana ad eternum.
 Porque hablando de muertos, guerras y campañas, marcadamente ideologizadas del poderoso sobre el pueblo, quedan vestigios, aún, a la sombra de iglesias y catedrales, como en Santillana donde en un círculo de medio centenar de metros convive la piedra labrada en la Colegiata de Santa Juliana con los nombres de los caídos por España, de un solo bando, 
con el bestiario hermoso y hercúleo de Jesús Otero. Endulza y blandece el paseo el obrador, siempre abierto, y la charla con la bonhomía de su patrón Antonio, que tiene los mejores sobaos pasiegos del norte.
    También, a la sombra del Museo Botín en la capital, se encuentra la estatua al escritor José María de Pereda acompañado de unos labriegos. El novelista reflejó una parte de los laberintos de las Guerras Carlistas en Santander, cruciales la primera y tercera. Pereda abogó por el alma rural frente a la urbana, y recuperar el habla cántabra. Esa dicotomía generada sobre lo rural y lo urbano, traen al viajero a su memoria los tractores que salieron no hace mucho a las calles por el encarecimiento del gasoil y los bajos precios de sus productos. Con el vecino del banco del parque comparte que, hace alrededor de un quinquenio, le impresionó la imagen una docena de tractores que cruzaban las principales vías de Barcelona en apoyo de la Declaración Unilateral de Independenica (DUI). El apoyo rural como en el "carlismo" a un parecer de una estirpe mandataria. Ahora aquellos nacionalismos, la decantación política por reinos actuales de "Taifas", parecen estar en vía muerta. Pero son impresiones vanas. Aquí se vive de lejos ese nacionalismo separatista. Los cántabros, los que discuten, ven como Cataluña ven como sus partidos nacionalistas apoyarán al gobierno central en los presupuestos según sopesen, a pesar de los espionajes "Pegasus" sobre los dirigentes separatistas, con un recargo sobre el tapete al apoyo siguiente. Pero ahora preocupan más los extremismos de VOX en aquellos gobiernos regionales como Madrid, al "¡Ay!uso", mientras en Andalucía ha ganado por mayoría un presidente del PP que rueda seguro en la política con los raíles preparados por el PSOE (con las redes del clientelismo y el recuerdo al asalto a las arcas públicas, paralelas, eso sí, a las del PP en otros territorios). Aunque no vale el simplismo del "todos son iguales". El poder debe alejarse del ciudadano (lo replicaba la obra Charlot en el país de la libertad, de David Barbero, del grupo extremeño “Oveja Negra Teatro”, en el auditorio de Las Lamas hace unos años: quienes gobiernan, en lo político y en lo económico, cierran libertades, y sobre todo asustan. Como decía el escritor José Luis Sampedro, primero asustar, para luego amagar (todas estas conversaciones se cuecen luego a fuego lento en el camino, con la mochila al hombro).
Hombre pez. Xibeliuss
    Hablando de gobernantes, el viajero se cruzó in situ, en el río Miera que atraviesa Liérganes, a Miguel Ángel Revilla, presidente de Cantabria; cantando con su hija, mientras se mojaba los pies a pocos metros de la estatua del Hombre Pez (también le han crecido las escamas de la política como a aquel Francisco que, en 1674, terminó en las costas gaditanas desde aquí, y al que no le entendían ni frailes ni padres a su regreso, para luego desaparecer y no volver jamás. Un símil de otros pares de la política con Revilla). No todos entienden a este peculiar presidente, al que algunos también le tienen por loco, "vendiendo" anchoas por altares y palacios. Cantabria ha cambiado el mar por cuidadas carreteras, mimadas por Revilla, quien en la oposición no creía en que este fuera el motor del turismo, y ahora apodan "tapabaches", por las que se mueven miles de turistas todos los días. Van de posada en posada, la apuesta cántabra de una calidad y calidez envidiables. Pero la guerra y el encarecimiento de los carburantes, y una inminente crisis económica, se nota más silencioso el paisaje, a pesar de la desesperada vuelta a la calle y la playa tras los tristes años de COVID. 
    El Mediterráneo de esta piel de toro se lleva el bullicio, y el viajero busca el silencio, por eso está por estas tierras, y queda absorto, hipnotizado ante la playa de Berellín en Prellezo. Al bajar las lombas que ocultan ese mundo mágico de plantas exuberantes y hermosas, el mundo se detiene. Y los sentidos se agazapan en el vientre y surge la malenconía, la melancolía en ese hermoso hablar cántabro, el no querer marchar nunca de ese instante.
    El viajero va en en busca del Camino Lebaniego. Un camino que muchos peregrinos religiosos siguen hasta el Monasterio de Santo Toribio de Liébana en Camaleño, al lado de Potes. Otros llegan atraídos por su historia, por los picos de Europa, por su belleza imponente y majestuosa, sus angostos callejones naturales y sus gentes de discurso directo y nobles.     
    El Camino comienza en San Vicente de la Barquera, con sus murallas y torreones del castillo que lleva su nombre. La majestuosa iglesia de Santa María, muy cerca del albergue de peregrinos, donde Marie, de Burdeos, se repone con una sonrisa de una cadera dolida por las etapas previas del Camino del Norte. Viaja sola pero comparte sueños. Jubilada pasea su soledad, día a día, le apenan los sufrimientos, la tristeza pero no tiene miedo a la muerte. Le encantan este enclave, vestigio de una de las cuatro villas, junto a Santander, Laredo y Castro Urdiales, además de las vascas, que dieron La Hermandad
 de las villas de la Marina de Castilla (1296-1490). Mañana, la primera etapa para el viajero convertido en peregrino, hasta Muñorrodero. Allí, en una antigua escuela unitaria, la hospitalaria recuerda al maquis Paco Bedoya, en sus manos La mujer del maquis (Ana Cañil, 2011). Es una combatiente de la memoria histórica.
    En la Cantabria posguerra, aquella de 1957, el último maquis será abatido por la guardia civil el mismo día que nace el hermano de esta mujer, y que narra lo que le contaron como si lo tuviera grabado en la piel. Los interrogatorios en el cuartelillo; que por no delatar a sus compañeros de partida, le sacaban las uñas de manos y pies; palizas a su hermana y madre, y el fuego al establo con las vacas dentro. El cine trajo a estos estuarios la película Sordo (Alfonso Cortés-Cavanillas, 2019). En el silencio de las montañas vuelven a estremecer la angustia, el miedo, la incierta y mala suerte de los desheredados; el maquis visto desde la sordera, sutil metáfora, lo que ocurre alrededor de la lucha por la justicia, la defensa del régimen republicano depuesto por la fuerza despiadada...
    Pero estas sierras también cuentan otras andanzas. En Cades hay que esperar a entrar a la cocina del albergue. Allí están con su partida de cartas las mujeres mayores del pueblo. Es su centro social. Ríen a carcajadas recordando cómo se repartían o dejaban las mantas para hacer el amor con sus novios, o maridos, para matar la soledad; bajo el gris de las nubes traviesas, entre los acantilados, las lluvias y el hambre.

  Mientras, la hospitalaria prepara una tortilla de patatas con cebolla. Hasta que llega el verano son muy pocos los que habitan por aquí. Con pocos servicios, el médico pasa itinerante, y el pastoreo, a veces lo hacen los propios perros gitantes como en Cicera, donde Julián, ya jubilado, observa con prismáticos a su mastina que traslada las ovejas al pasto certero por los praos. La última etapa, Cabañes a Potes, por el cordel de acero, sobre la roca desnuda, con escalofríos del vértigo, por el desfiladero de la Hermida.
    El agua salpica la piedra de la fuente del claustro del monasterio de Santo Toribio de Liébana, y apacigua con su frescor la tórrida tarde que amenaza tormenta. Al viajero, tumbado en los bancos adosados a los muros, que cuelgan ilustraciones del Apocalipsis de San Juan (Beato, s. VIII), le vienen los versos de José Hierro: Los claustros: "No, si yo no digo/que no estén bien en donde están:/más aseados y atendidos/que en el lugar en que nacieron,/donde vivieron tantos siglos./Allí el tiempo los devoraba./El sol, la lluvia, el viento, el hielo,/los hombres iban desgarrándoles/la piel, los músculos de piedra/y ofrendaban el esqueleto ―fustes, dovelas, capiteles―/al aire azul de la mañana./Atormentados por los cardos,/heridos por las lagartijas,/cegados por los estorninos,/por las ovejas y las cabras/No, si yo no digo/que no estén mejor donde están/―en estos refugios asépticos―/que en las tabernas de sus pueblos,/ennegrecidos los pulmones/por el tabaco, suicidándose/con el porrón de vino tinto,/o con la copa de aguardiente, oyendo coplas indecentes/en el tiempo de la vendimia,/rezando cuando la campana/tocaba a muerto./No, si yo no diré nunca que no estén/mucho mejor en donde están/que en donde estaban…/¡Estos claustros…! (José Hierro 1922-2002, en Cuaderno de Nueva York, 1998).
Gema Soldevilla,
José Hierro, (2008).
Paseo de Pereda, Santander.
    Aquella poesía, desarraigada, con el ser, de sus circunstancias extremas, de sus cinco años en prisiones -en Alcalá de Henares, con sus versos de "Canción de cuna para dormir a un preso", "...La noche es bella, está desnuda,/no tiene límites ni rejas./No es verdad que ni hayas sufrido,/son cuentos tristes que te cuentan./Tú eres un niño que está triste,/eres un niño que no sueña./Y la gaviota está esperando/para venir cuando te duermas./Duerme, ya tienes en tus manos/el azul de la noche inmensa./Duerme, mi amigo…/Ya se duerme/mi amigo, ea…". Luego recogería su premio Cervantes en 1998-, con Cantabria por juventud, por estar luego tan cerca del "apocalipsis", y la sinrazón, de la guerra civil (1936-39).
   El fuego del Apocalipsis llegó a Santander el 16 de febrero de 1941. Un niño de cerámica, tras el escaparete de una tienda de antigüedades, sigue llorando la tragedia (voló su pájaro, o murió). Otro santanderino recuerda la catedral ardiendo: "La iglesia solo ilumina cuando arde", dijera Jesús Aguirre, luego duque de Alba, mientras otro santanderino, el poeta Gerardo Diego (1983-1987), la revive en su "Elegía de Atarazanas":
    “Ni ascua ya, ni ceniza ni pavesa;/aire en el aire, luz en el sobrado/de la santa memoria. Aquel tejado,/trampolín de aquel sueño que no cesa;/vuelve la golondrina y embelesa/con su trovar mi oído enamorado,/y está el cielo del Alta serpeado/de altas cometas que el nordeste besa./¿Todo es ya nada? El fuego ¿también puede/devorar la ilusión, lo que no cede?/A ese alado ladrón ¿no hay quien le ladre?/Nada es ya todo. Viva está mi casa./Es verdad. No te has muerto. Un ángel pasa/por tus ojos azules, madre, madre”.
    El viajero piensa que sería tanta belleza la que este rincón del Cantábrico tuviera que, por ello, ha renacido.

Los cuatro jinetes del
Apocalipsis
. Beato de
Liébana, (s. VIII d.C.).
   
Porque Cantabria es también tierra de poetas y ensoñadores. El que fuera el creador del mito del Camino de Santiago, aquel beato anónimo, de Liébana, angustia con su mirada la paz estival. Llegará el fin del mundo, se hará Justicia Universal, aquella que "pondrá ante Dios a quienes le hayan mencionado en vano". Y a los que no nos hemos acercado todavía al altar, y besado el brazo izquierdo del Lignum Crucis, con el hueco del clavo que aferró la mano de Jesús, nos parece que estamos más cerca a ese infierno, sin "gracia divina" que nos acoja.
   Carmen, una peregrina, se arrodilla ante el altar. Es sábado y acaba de oir misa en La2 (celebrada por el obispo de la Diocesis Complutensis, Alcalá de Henares, Reig Pla; aquel que en 2014 declaró que los homosexuales necesitan terapia y comparó el aborto con el holocausto nazi; ahora acusa al gobierno socialista de convertir a España en un "campo de exterminio" por la Ley sobre la Eutanasia). Carmen recuerda a su marido Antonio, por lo bajo, que deben volver el domingo 16 de abril de 2023, el próximo año jubilar, el santo les amparará hasta entonces.    
    LLega la hora de recogerse, pero antes asomarse a los ventanales del albergue, sobre el Deva, en Potes, justo enfrente, la torre del Infantado del palacio. Allí se despliega la exposición didáctica y bella sobre el Beato y facsímiles del códice. Pasear al caer la noche, anclado sobre el puente, después de pasar por la puerta del museo/casa de Juan de la Cosa (aquel cartógrafo que hizo los siete de los primeros viajes a América y dibujado el mapa más antiguo sobre aquel continente). Hipnotizado ante la Mano de Gloria, momificada. Está en la Torre Orejón de Lama, el museo de brujería. Se dice que sostuvo el fuego maléfico de una vela para doblegar voluntades de mujeres hermosas, y satisfacer los morbosos deseos de un brujo satánico.
    Apetece dormir en el soportal con la "balanza de brujas" y pesar a las mozas que pasen para ver si pudieran "volar" en las maléficas escobas.
    Con una de aquellas brujas, volamos de Liébana hasta el pico de Fuente Dé, el límite con Asturias, frontera que los vecinos no dibujan.
    Al bajar del teleférico nos acercamos a la estatua del "Cantabrón", Pedro de Escalantes y Huidobro (1913-1970), político que impulsó estas instalacioens pero, sobre todo, el nombre de Cantabria desde su puesto en la Diputación santanderina. También escribiría dos novelas, La vida por la muerte, y Cuaderno de Bitácora (1956).
    Luego, al día siguiente, de vuelta, el salto a Unquera´para coger el autobús. El peregrino Javier pierde la cartera. Su compañero Juan Carlos recorre los últimos kilómetros y paradas. En la persistencia, una policía local termina por recuperarla, un persona mayor, honesto como es esa generación, la ha devuelto a la guardia civil (más su novia, Rocío, piensa que es mentira, y detrás de esa "policía" se encuentra una "aventura del Camino" para retrasar la vuelta). Porque también Unquera reúne la desembocaduras de los ríos Deva y Nan, y allí los obradores hilan sus dulces "corbatas". Es tierra de nuevas residencias de un turismo que se aferra al clima viendo el desierto que el cambio climático encoje la península. Es también el punto de encuentro con el Camino del Norte. Peregrinos que han cruzado las piedras cargadas de historia y saber de Comillas.
    Comillas, donde la Universidad de los Jesuitas, con su puerta de las virtudes, ahora llama a la Virtud del peregrino (falta la séptima virtud, la soberbia, que se deja tras la puerta de 120 kg, comienza la sobriedad). Una quilla invertida del naviero que lo paga sobre escaleras en el recinto, hoy centro de estudios; o el capricho de Gaudí. Un bocadillo en la ermita de Santa Lucía, imaginando las ballenas que se pescaban hace mucho tiempo, y dos puntos que albergaban sus faros son el final del viaje. Mirando al mar, dejando muchos rincones por explorar; esperando que pasen las olas que vimos en Ubiarco, viendo pasar la vida ¿qué vida, la que elegimos, la que nos llega, la que soportamos? Buen camino...

lunes, 26 de julio de 2021

Miradas 


El Viaje a la Alcarria de Cela, 
setenta y cinco años después, en Vespa (..., y II)


Soledad, en una tierra que lucha por no quedarse vacía

    La Alcarria de posguerra -la que Camilo José Cela pisa del seis al quince de junio de 1946, en compañía del fotógrafo Karl Wlasak y Conchita Stichaner-, vive pendiente de las Cartillas de Racionamiento. La Delegación de Abastecimientos de Guadalajara dicta, para un adulto, un cuarto de litro de aceite (1,25 pesetas la ración), arroz (cien gramos a 0,35 pesetas/ración), judías (doscientos gramos a 0,70/ración), y azúcar (cien gramos a 0,55 pesetas/ración); todo con el consiguiente corte de cupones II, III, IV y V. Para los infantiles leche condensada, cuatro botes, cupón IV, por dieciséis pesetas. Luego carbón, y aceite y arroz para los transeúntes (Nueva Alcarria, 8 de junio, 1946, nº 389, Órgano de F.E.T y de las J.O.N.S.). En el faldón anuncios: "Ayudas al albergue de niñas", "Cochecitos para niño, Casa Camarillo", y del doctor Blasco Zabay: "Consulta diaria de enfermedades de la piel y secretas".

    Desde Brihuega, la carretera a Cifuentes corre a la par del río Tajuña a la derecha entre una arboleda incesante (Tajuña, piensa, la calle toledana donde Sagrario e Ignacio cuidaran el primer hijo del motero, aquel niño que estiraba del periódico y los libros para que jugase con él). Cuando, de pronto, surge “La Jungla”; un diminuto paraíso con un estanque, una pequeña cascada, y ruedas de bicicleta, muñecas de plástico y trapo sobre las sillas, y materiales reciclados, engarzados a la naturaleza, como abandonados hace un instante, con urgencia. Siente el viajero que le están observando, sus okupas, desde una casucha en lo alto; una cuerda y una caja delatan que subían, o suben, hasta allí, alimentos, herramientas..., tirando. Cansinamente se adormila entre chicharras y trinos.

    Unos metros más adelante, en el mismo margen, Cívica, pedanía de  Brihuega. Laberinto de caminos y grutas labradas en la pared kárstica, una "ciudad de piedra" que algunos dicen pudieran haberla habitado ermitaños visigodos, cenobitas medievales, sufíes de Brihuega, místicos sefardíes refugiados, frieres del Temple tras su salida de Torija al disolverse la Orden, agustinos dedicados a labores agrícolas aparte de sus oficios religiosos, jerónimos, como escribiera otro viajero, Javier Ramos. Pero fue don Aurelio, el párroco de Valderrebollo, el que talló la roca; con cuadrillas de vecinos, entre los años cincuenta y setenta del pasado siglo. Enfrente, un merendero paradisíaco. La dueña, sola, come despacio, y con aire desconfiado sentencia "es privado, no se puede pasar", pero al rato comienza la charla sobre su abuelo, y lo tantos dueños de las hectáreas de Cívica. 
   "Un perro sale gruñendo de unas huertas. El viejo le tira unas piedras y el perro huye. Tenía la cabeza gorda y llevaba una carlanca de clavos sobre la que sonó, fuerte como una herradura sobre el empedrado, uno de los cantazos del viejo. —Ahí queda Barriopedro, a la orilla de ese arroyo. A veces trae algo de agua;...". Y puestos en ruta, como Cela, desvío hasta él. Muere la carreterilla de escuetas curvas. Un hombre, sentado en silla de enea, responde a un "¡qué paz se respira aquí!", con un "no es oro todo lo que reluce”.

Masegoso.Tropas
republicanas, 1937.
    El calor del asfalto sube por el metal de la Vespa; el aire se hace más denso en Masegoso de Tajuña. Con la calima semeja un pueblo fantasma. Sitiado en la guerra, hubo de reconstruirse totalmente; parece un pueblo de nueva colonización: "Masegoso es un pueblo grande, polvoriento, de color plata con algunos reflejos de oro a la luz de la mañana, con un cruce de carreteras. Los hombres van camino del campo, con la yunta de mulas delante y el perrillo detrás. Algunas mujeres, con el azadillo a rastras, van a trabajar a las huertas." 

    Saliendo de la ruta, buscamos Moranchel, por sus pinturas murales, trampantojos y grafitis en un pueblo de menos de cuarenta habitantes que lo hacen lienzo. Una mujer, amablemente explica los que más le gustan, que son todos. Como en tantos pueblos pasados, en el Ayuntamiento se pueden leer los días de consulta médica y los bandos sobre el protocolo frente a la pandemia del Covid. Casas vacías y cerradas a cal y canto. El mal es mejor llevarlo en la capital, el centro médico está más a mano. 

Cifuentes

   Es la última recta, antes de entrar en Cifuentes. Desde el arcén se divisan las "Tetas de Viana", y en su "canalillo" la chimenea de la central nuclear de Trillo. Una visión erótico-siniestra de la naturaleza con la muerte. "—... ¿Usted no ha estado en Cifuentes? —No; no he estado nunca. —Pues véngase conmigo; son buena gente para los que andamos siempre dando vueltas... Al mediodía los amigos entran en Cifuentes, un pueblo hermoso, alegre, con mucha agua, con mujeres de ojos negros y profundos, con comercios bien surtidos que venden camas niqueladas, juegos de licorera y seis copas con bandeja de espejo, y cromos saludables, gozosos, de cien colores, que representan La Sagrada Cena o un molino del Tirol rodeado de altas cumbres nevadas.".  

  El viajero se siente atraído por el castillo y enfila el timón/manillar hacia su cumbre. Allí, una pareja "sobrevuela" su dron las murallas (con menos de 250 g, permitido sobre población, venían de Cuenca). La fortaleza árabe, que ya no tiene foso, fue luego de don Juan Manuel (aquel del bachillerato, Libro del conde Lucanor, 1335). Aquel que hablaba de lo valioso de la vida frente a la riqueza, y de las batallas entre vecinos. España, pueblo de consejos, y muchos y malos "exemplos". El dron suena como un moscardón más, y aviva el concierto vespertino de aves, insectos y chicharras bajo un sol de justicia. En el pueblo cruzamos la calle del "Cristo de la Repolla" (una vecina, pobre, dio una polla, gallina joven que no pone huevos, a un mendigo. Al día siguiente aparecieron, en su puerta, dos pollas, y un crucifijo; el Cristo de la Repolla...). Al viajero le viene "Galliol", producto anunciado en aquel "46" en la prensa del Movimiento: "Criará pollos sanos, aumentará la puesta de las gallinas y combatirá sus enfermedades usando... Galliol. Premiado con diplomas y medallas en exposiciones Sevilla y Asturias". Buen complemento para el "milagro". 

    El casco antiguo de Cifuentes parece un cogollo de piedra labrada ensalzado sobre la plaza. "El viajero aprende que el castillo lo hizo don Juan Manuel y la iglesia una querida de Alfonso el Sabio que se llamaba doña Mayor. El viajero recuerda, vagamente, que en un libro que leyó, hace años, llamaban a don Juan Manuel turbulento y pendenciero. De doña Mayor, el viajero no había oído hablar en su vida." Lo mismo le ocurre al viajero actual. Si bien Alfonso X aprobara Las Siete Partidas, castigando penosamente el adulterio, no tuvo problemas en saltarse sus disposiciones. Doña Mayor Guillén, su más destacado affaire, supo aceptar su condición de amante y retirarse a estos dominios "donados por el rey sabio".

    La iglesia románica del Salvador cuenta con una magnífica portada al apóstol Santiago, y un púlpito de alabastro, oculto durante la guerra civil: "... El cura le cuenta al viajero la última historia del púlpito. —Después de la guerra me costó mucho trabajo encontrarlo. Fue a aparecer en Madrid, en un museo. Al principio no querían dármelo, querían darme otro en vez. Un día me fui con un vecino que tiene una camioneta, me planté a la puerta del museo y les dije: Venga ese púlpito, que es mío. Lo cargué en la camioneta y ahí lo tiene usted.". En una de sus archivoltas, de la portada lateral, una diablesa con sendos cuernos, de la que cuelga de su periné invertido, un ser que porta corona y cetro en su mano. ¿Clara crítica del cantero, permitido claro está, al monarca, desde lo político y lo teológico poniendo en juego la soberanía del rey por la "gracia de Dios"? Horas después escucharía el viajero las Cantigas de Santa María, en Solanillos del Extremo.

Solanillos del Extremo

    A Solanillos, se entra, se cruza, se sale, y se pierde el viajero, por la calle de la Soledad. Ha venido por curiosidad, ya que Cela no paró por este pago. En el bar de la plaza, frente a la iglesia de Santiago Apóstol, y la puerta de la Casa Rural (ya no se utiliza parador o posada del 46: "El viajero, que ya había averiguado que mesón es una palabra desconocida en la Alcarria, aprende a distinguir entre parador y posada. El parador es una posada con cuadra...", se habla de política, a trago limpio de botellín. La joven alucina de quienes votan a la extrema derecha; la contradice otra: "normal, si los otros no arreglan las cosas, mira los pueblos abandonados" (la plaza anda en obras, alterando la paz del reducido vecindario). Carmen, la regenta de la casa, atiende a un niño que viene por su pelota encanada en la habitación del primero; tiene un hermano, "que lleva gafas, y no es tan espabilado como yo", aunque lo quiere mucho. Con la sonrisa a flor de piel, Carmen te cuenta veloz de sus “Burbutrizes”, amigas del Camino de la Alcarria. Cuelgan en YouTube sus vídeos (el del doctor Rodríguez de la Fuente, lo bailan los peques en el cole). Marisol, su socia, prepara la cena. Dos clientes siguen el fútbol (juega Suecia, por los colores IKEA; se nota que el viajero no es muy futbolero). Tortilla con jamón, el último botellín, arrebatado al vuelo al grupo de fuera, y a pasear el atardecer. Con cierta ternura recuerda Marisol, "avisa cuando vuelvas que, si no, te cierro la puerta".

    El silencio casi "daña" los oídos del viajero tan poco acostumbrado a este sigilo. Ni el aire se menciona. Sólo los trazados de los vuelos de los golondrinos o "aviones", y la risa de una niña que suelta la mano a su padre para coger a su amiga; van a la plaza. Callejón de la Soledad, camino de la Soledad, ermita de la Soledad, al lado del cementerio. Todo es silencio. Da que pensar, es mejor morir queriendo vivir, que desear la muerte en plena vida; una boutade. La noche cae lenta, tierna, calma. Pasan lentos los segundos, y los ojos y las manos desnudas ausentes. La luna que se incrusta por la claraboya de la habitación abuhardillada. Relectura del Viaje..., con las Cantigas de fondo, hasta las primeras luces. Un café, mientras Marisol acompaña al trasiego con la cafetera, y una deliciosa conversación sobre lo bello que se encuentra en cada lugar, sus gentes; ojalá lo aprendan sus hijos. "Ve por Henche y Gualda", un adiós, y hasta la próxima. Sobre la moto, el paisaje penetra por todos los poros del cuerpo, y los sentidos.

Henche y Gualda

    El viajero salta los Gárgoles que visitara Cela, y se dirige a Trillo por otra ruta. En Henche un hombre, de mediana edad, parece no comprender al viajero, y tarda en decir que sí, que para la iglesia hay que subir por la calle de la izquierda, ahí mismito, y lo repite sin parar… El viajero siente que debiera acompañarlo un rato, o no, no sabe, y le desea lo mejor bajando la visera del casco. En pocos metros la iglesia de la Soledad, de un románico rural muy cuidado, como tanto por la Alcarria, y vuelta a la placentera carretera de verdes árboles y aguas correderas.

    En Gualda el reloj del Ayuntamiento se ha parado. El pueblo donde Alfonso X, el Sabio, y mujeriego, creó la Mesta. Una mujer limpia las escaleras de la iglesia, y lleva flores para el altar. Recuerda a su marido, fallecido hace seis años, "tanto soñó venirse de la capital, y ya ves al poco…" Cuidaba su huerto. Todo con una sonrisa triste, pero hermosa. Es la España que vuelve a su raíz para los últimos años, tras la jubilación. Un proyecto, "Agenda Urbana para el Alto Tajo". Otra oportunidad de encuentro entre jóvenes y las administraciones. Se echan de menos las risas infantiles, piensa el viajero. Un último vistazo al reloj grande, no corrió su aguja…

Trillo

    "La cascada del Cifuentes es una hermosa cola de caballo, de unos quince o veinte metros de altura, de agua espumeante y rugidora. Sus márgenes están rodeadas de pájaros que se pasan el día silbando. El sitio para hacer una casa es muy bonito, incluso demasiado bonito". Un poco más abajo de las "Chorreras", como se conocen comunmente, nos topamos con el puente romano. El viajero observa bajo su arco una de las dos torres cilíndricas de la central nuclear (la última que se puso en funcionamiento en España, en 1988), entre el arco milenario. Una vecina, con un timbre y hablar juvenil que desdicen a sus canas, cuenta cómo muchos aplaudieron la llegada de la central, habían pasado mucha hambre tras la guerra, -tanta que algunas niñas llevaban el azúcar que les permitía la cartilla de racionamiento a las otras "ricas"-, algunas tan ladinas que devolvían los tarros lamidos hasta el último grano "para que no llegara a nuestros labios". Otros se marcharon. Hoy no queda gasolinera para el pueblo. Aquel con las fiestas más ricas de la comarca.  

    En Trillo fue muy famosa su Leprosería. El autor de Viaje a la Alcarria lo cuenta: "Caminando por el pueblo de un lado para otro pronto surge en la conversación el tema de la leprosería. —Al principio andábamos un poco escamados con esto de la lepra; ahora ya nos vamos haciendo. Un hombre viejo, tercia; —La pena fue que se perdieran los baños de Carlos III, que eran famosos en toda España. Ya sabrá usted lo que decía el refrán: que Trillo todo lo cura, menos gálico y locura. —¿Pero ustedes no tienen miedo a que les peguen la lepra? Los hombres se miran antes de responder: —Pues no, eso no. Vamos, unos tendrán y otros no tendrán...". El 6 de junio, de ese 46, la visitó el obispo de Medanza (Perú); peculiar visita que acabó con reparto de habanos entre los enfermos, después de cantar una salve, eso sí (Nueva Alcarria, 8 de junio, 1946). Lo de las termas del balneario de Carlos III  -Trillo en la dominación romana se denominaba Thermida-, ya es otro tema de mayor copete... La pandemia los mantiene cerrados. Su fama creció por sus ilustres moradores. Gaspar Melchor de Jovellanos (1744-1811, figura esencial como estadista, pensador, reformador, escritor...) madrugaba, en el verano de 1798, e iba a beber de las termas. Estaba en plena crisis personal y política en el Ministerio de Gracia y Justicia. Del barón de Mesnis, "primer teniente de Reales Guardias Walonas, hombre que, por lo visto, llegó baldado a Trillo, y después de algunos días de tomar las aguas mezcladas con suero de cabra, empezó a mejorar y pudo retirarse a la corte, según dice el cronista, lleno de consuelo. Esto sucedía en 1768.", y que encuentra Cela en el "Tratado" sobre estas aguas que le regalan, el viajero no da con ello, ni en Wikipedia. Y eso, extraña, o no tanto, a estas alturas, y sonríe. La reserva de gasolina avisa, hay que volver a Cifuentes. Mati, la "gasolinera", comparte unas cerezas que le ha traído un cliente. Es joven de ojos claros, muy viva; sus cabellos entremezclados de grises y dorados hablan de una juventud volandera; cuenta de Ruguilla, su pueblo. El conductor de una 4X4 relata sus negocios, prósperos, con los pueblos en los límites con Cuenca. No hay señales, ni las quiere, de frontera.

Budia

    Cela duerme en La Puerta y luego negocia un carro hasta Budia. De cien, se quedan al final en sesenta pesetas. Lo paga bien. El escritor tenía recursos, venía de familia (si no, volvamos a las cartillas de racionamiento). Al motorista le pica la curiosidad del caso que llevó a Cela a pisar el cuartelillo en este pueblo: "... me encerraron por orden del alcalde, que era un albino borracho y medio tartamudo, y me tuvieron un día con su noche metido en un sótano maloliente y alimentado con unas sopas de ajo y un par de venencias de esperriaca. En el calabozo estaba un gitano, de mi edad poco más o menos, que había robado una mula. Se creyó, vaya usted a saber por qué, que yo era cómico, y no hacía más que preguntarme: si usted es artista, ¿por qué no lo quiere decir?". El director de El Español, para el que irían las primeras entregas, intercedió, y lo soltaron. Sobre comicidades si se dio buen empacho en su vida, y como botón de muestra en el Viaje, en La Puerta: "—¿Es usted cómico, como se suele decir? El viajero hace unos visajes con la cara y las dos mujeres empiezan a reírse. Sigue un poco más y las mujeres se ríen ya a carcajadas, dándose palmadas en los muslos y diciendo: ¡Pare, pare! El viajero se levantó y dio dos volatines por encima de la artesa, haciéndose el cojo. Las mujeres están ya rojas, congestionadas, muertas de risa. Al viajero también le dio la risa cuando estaba en cuclillas encima del banco, rascándose la cabeza como un mono. La niña Rosita se echó a llorar. Los gatos huyeron despavoridos y los perros ladraban desde el zaguán. —Pues no, señora, tampoco soy cómico. —Pues podría usted ganarse muy bien la vida haciendo esas caras. —Sí, puede ser."

    Aprovechando el hecho, trazó algunos rasgos de una pareja de la Guardia Civil de aquella época que, a la salida de Durón, hacia Pareja, le pide los "papeles": "—Es que aquí al amigo Torremocha, ¿sabe usted?, se le tomaron las aficiones con el Glorioso Movimiento Nacional. Cambió el servicio de los santos por el servicio de las armas, y para mí que se quedó entre Pinto y Valdemoro. El guardia Torremocha calla, pero en su silencio no hay nada de conformidad. —¿Usted leía el Muchas gracias? —Algunas veces. —¡Vaya revista! ¡Qué repajoleros, qué cosas se les ocurrían! ¿Y la Crónica? —También de vez en cuando. —Yo entonces estaba destinado en Carabanchel y en cuanto que se terciaba, ¡zas!, me plantaba en Madrid y me iba de cabeza al Eslava o al Martín. ¡Ahora estoy hecho un carcamal! El guardia Pérez se atusa el bigote y chupa del pitillo. Con el mosquetón en bandolera y pidiendo la cédula a los caminantes por las carreteras de la Alcarria, el guardia Pérez es un hombre que vive de recuerdos."

Viana de Mondéjar

    Las "Tetas de Viana", "encienden" la vena poética de Cela. "Al salir al terreno llamado de la Fuente de la Calinda, aparecen erizadas, violentas, las Tetas de Viana. El viajero se siente poeta y tira de lápiz.". Recita unos versos: "... Su verso se lo dedicó a una moza, ya no tan moza, andariega y silvestre, con la que tuvo amores; unos amores que tampoco viene a cuento traerlos aquí: A la arriera garrida, una extranjera en la vida, Valvanera consentida por un marido capón.". Le ha acompañado Quico con su mula.
    Es media tarde, plena solanera, un sol despiadado sobre un pueblo vacío, ni un alma en las calles. En una sombra aparca la moto, y relee: "... Las dos Tetas son casi exactamente iguales vistas desde el norte, quizás la de poniente sea algo más alta. Tienen forma de cucurucho cortado antes de la punta y terminan, cada una, en una mesa de bordes rocosos y cortados a pico que deben ser difíciles de escalar.". De lo alto de la loma a la derecha, de una cueva, mitad casa, sale una música ensordecedora. A voces ¿oigan? ¿Para llegar a la mejor teta con escala? "Fue puesto de vigía en la guerra, por la linde antes del Camino de la Lana que luego se une al de Santiago". Al buen hombre, ya en edad metido, pero ágil, le "acompaña la radio".

Casasana

    
    "... Casasana es un pueblo subido encima de un monte, el cerro de la Veleta, un poco por el lado contrario que es más tendido. Casasana no se ve hasta que ya se está encima. Es un pueblo minúsculo, con escaso cultivo y mucho ganado vacuno; ochenta y tantas vacas. En Casasana fue el único pueblo de la Alcarria en el que el viajero encontró vacas de leche blancas y negras, de raza holandesa, como las de Santander." Lucero, el asno de Felipe "el Sastre" de Casasana, pedanía de Pareja, sobre el que viajó a sus lomos Cela hasta Sacedón, volvió años después a su cuadra en la plaza del pueblo, mecánicamente, con el titiritero que se lo compró, cargado de globos que iban explotando al chocar con las vigas y paredes. Felipe, no era sastre, otra más de don Camilo, y éste llegó a Sacedón por indicación de la mujer de Felipe. Ahora pasan ambos a la historia, Felipe acompañado de Elena, su hija pequeña, en una foto que los inmortaliza en el museo del castillo de Torija. Ella, Elena joven madura y alegre, toma ahora una cerveza con Paco y su mujer, en la plazoleta trasera de la ermita. Subir la cuesta costó alguna maniobra hábil con la Vespa. Tienen su compañía de teatro, la CIA "Como salga", y junto a un grupo de entusiastas están revitalizando Casasana, y plasman su historia en Fortaleza, la revista que narra sus andanzas, y aquellas de los restos de muralla del viejo castillo recuerda. Son la mar de hospitalarios.
    El viajero les cuenta que su pueblo tiene en su historia a gentes valientes, honestas y alzadas. Allá por la década de 1342 en adelante, el obispo de Cuenca, un  tal García, tenía los señoríos episcopales de Pareja y Casasana como centro de sus fechorías, latrocinio y crímenes. Quince vasallos fueron ajusticiados por miedo a que lo denunciasen de tales desmanes (además de cometer adulterio e incesto y concubinato, el papa Clemente VI lo más que hizo fue enviarlo a Aviñón).
Escuela de niñas, años 40
en Armallones. verpueblos.com

    En Casasana el viajero Cela coincide con la "coqueta" maestra. Al motero, en Masegoso le llamó la atención la reconstruida "Escuela de niñas". Con ambos mimbres, y a la sombra de la iglesia de la Asunción, monta el escenario para representar aquella escuela nacional-católica: "La maestra, que acompaña al viajero en su visita a la escuela, es na chica joven y mona, con cierto aire de ciudad, que lleva los labios pintados y viste un traje de cretona muy bonito... La maestra llama a un niño y a una niña. —A ver, para que os vea este señor. ¿Quién descubrió América? El niño no titubea. —Cristóbal Colón. La maestra sonríe. —Ahora, tú. ¿Cuál fue la mejor reina de España? —Isabel la Católica. —¿Por qué? —Porque luchó contra el feudalismo y el Islam, realizó la unidad de nuestra patria y llevó nuestra religión y nuestra cultura allende los mares. La maestra complacida, le explica al viajero: —Es mi mejor alumna. La chiquita está muy seria, muy poseída de su papel de número uno. El viajero le da una pastilla de café con leche, la lleva un poco aparte y le pregunta: —¿Cómo te llamas? —Rosario González, para servir a Dios y a usted. —Bien. Vamos a ver, Rosario, ¿tú sabes lo que es el feudalismo? —No, señor. —¿Y el Islam? —No, señor. Eso no viene.". Al viajero actual le suenan cercanas las retahílas sobre "Historia de España" de algunos políticos actuales de la derecha, con las de aquellos niños del "46".

Tendilla

     La subida al autobús, dirección Tendilla, para luego llegar a Sacedón, no comienza con "buen pie" para "don Camilo": "El viajero, al intentar acomodarse, pisa sin querer a una gitana jovencilla, muy guapa. La mujer da un grito. —¡Mal puñetaso te pegue un inglés borracho, esaborío!". El escritor prosigue: "En la Alcarria, el viajero se encontró gitanos por todas partes, gitanos que viven en paz y buena armonía con los payos, gitanos trabajadores y buenos artesanos [...], gitanos sedentarios que se inscriben en el registro civil, van a las quintas y viajan en coche de línea, gitanos que lo único que no hacen es casarse fuera de su raza." El franquismo trasladó la imagen del gitano con cabra y la danza de una gitana con pandereta en la era de un pueblo, sobre carretas y poblados marginales. La escuela, y la sociedad, en un proceso de inclusión democrática, ha hecho conocer sus ritos, y una rica cultura creativa; el hito de escuchar un gitano en el parlamento, dejó aquella segregación en la trastienda gris de la dictadura. Aunque, no nos fiemos, piensa el viajero, hay mucho "vocero" que señala como "apropiadores" de derechos de los "españoles" a inmigrantes y pueblos que se asientan en esta patria. Y esto no ha hecho más que empezar (muchos trabajadores encontrados en este viaje, y otros muchos, proceden de Hispanoamérica y Rumanía; realizan trabajos que jóvenes, y mayores, de aquí, no quieren realizar; con un 40% de paro juvenil).

    En 1946 se están construyendo los pantanos de Buendía y Entrepeñas. El hecho no atrajo la atención de Cela desde el autobús. Tras años de fuertes sequías, el trasvase Tajo-Segura obligó al abastecimiento con cisternas a las poblaciones. Este año vuelven los barcos de recreo, puntitos blancos sobre las aguas, y el bullicio "madrileño" a las urbanizaciones, buscando el mar del interior.

    
En Tendilla preguntó Cela por Pío Baroja, hasta que alguien se acordó que allí tenía tierras para el aceite, y algo de estraperlo (también la caza, y escribir). "No compres mula en Tendilla, ni en Brihuega paño, ni te cases en Cifuentes, ni amistes en Marchamalo; la mula te saldrá falsa, el paño te saldrá malo, la mujer te saldrá p..., y los amigos contrarios". Las "famas" entre pueblos, que llamó la atención del autor de El árbol de la ciencia (1911); nada que ver con lo que sus sucesores viven. Después de ser mordido por un perro, y por un ganso en el trasero, el viajero Cela viaja a Pastrana. El viajero en moto en ese recorrido se asusta con un "apagón" del motor. La cola que ajusta el puño del acelerador se ha disuelto al calor de la tarde. Es cuestión de buscar una sombra.

Pastrana

    "La plaza de la Hora es una plaza cuadrada, grande, despejada, con mucho aire. Es también una plaza curiosa, una plaza con sólo tres fachadas, una plaza abierta a uno de sus lados por un largo balcón que cae sobre la vega, sobre una de las dos vegas del Arles.". Y lo primero es girarse hacia la torre donde estuvo encerrada, por orden de Felipe II, del que se dice pudo tener un hijo, de sus diez, la princesa de Éboli (Ana de Mendoza de la Cerda, Cifuentes 1540, Pastrana 1592). Lideresa pacifista en la corte, ante las guerras con Flandes, pierde la partida (su arresto se debe a sus relaciones con Antonio Pérez, secretario del rey, acusado de espía a favor de los holandeses). Una mujer de armas tomar, que se enfrenta con Teresa de Jesús, por el control del convento carmelita fundado bajo su patrocinio, y al que la monja requiere que abandone, por trastornar sus estrictas reglas, cuando la princesa entra tras la muerte de su marido (Teresa manda abandonar a sus monjas, y éste pasa a las franciscanas, hasta hoy). "En la habitación donde murió la Éboli — una celda con una artística reja, situada en la planta principal, en el ala derecha del edificio— sentó sus reales el Servicio Nacional del Trigo; en el suelo se ven montones de cereal y una báscula para pesar los sacos. La habitación tiene un friso de azulejos bellísimos, de históricos azulejos que vieron morir a la princesa, pero ya faltan muchos y cada día que pase faltarán más; los arrieros y los campesinos, en las largas esperas para presentar las declaraciones juradas, se entretienen en despegarlos con la navaja". Ahora toca callejear el entramado medieval-renacentista que es Pastrana. Un batido de mango; la heladera no toma dulce, ni helado, "uno al verano, a sus horas". Es joven y se cuida. Casas señoriales, una  ermita "incrustada" en un bajo, y la fuente de las cuatro cabezas, del XVI, donde unos chavales, mojándose, miran de reojo al viajero vestido de motero. 

    Dos mujeres, delgada y de mediana edad la mayor, parlanchina, algo gordita la joven, con la mirada como despistada, están sentadas bajo el crucero de la entrada de la Colegiata-museo (donde cuelgan los riquísimos tapices de las conquistas de Arcilla y Tánger por Alfonso V de Portugal). ¿Tiene usted moto? No señora, paseo con esta vestimenta (cazadora, casco, mochila...), para curarme de la que está cayendo... Son simpáticas y acogen la ironía. Vienen al rosario. Suena la campana como bomba de mortero; asusta al viajero, se ríen a carcajadas. Pasan al templo. Él, sentado bajo la cruz, busca textos de Viaje a Italia, y Apuntaciones sueltas de Inglaterra de un "inmortal": Leandro Eulogio Melitón Fernández de Moratín y Cabo (1760-1828). Pensador, poeta, traductor de los clásicos, ensayista y, sobre todo, dramaturgo. De su pluma afilada surge La derrota de los pedantes, contra los malos escritores. Probablemente escribiera aquí, en su casa materna, parte de El sí de las niñas, estrenada en 1806, sobre la libertad de las jóvenes de elegir su amor (buen referente en Éboli), y que la Inquisición "secuestró" más de veinte años. O La Mojigata, o La comedia nueva o el Café, criticando obras y autores de su tiempo. En el destierro coincidiría en Francia con Goya. Ahora el pueblo da nombre a un instituto y una "posada".

    Antes de abandonar Pastrana, hay que probar sus borrachos. Es tarde, y sólo quedan los que rebusca una amable cocinera del restaurante del palacio de los Franciscanos. El claustro y el refectorio están ornamentados sutilmente, bellamente, y las bodas y banquetes abrirían las carnes de los monjes por su elegancia. En el palacio ducal, tres jóvenes músicos, con su director, ensayan con paciencia los compases para el Festival Ducal. Sentado a las escaleras del palacio, rezumando el gusto del primer borracho, el viajero se transporta en ese escenario a la corte del siglo de oro, entre bailes con damiselas, galanes con tronío, y voces blancas de convento.

Zorita de los Canes 

    "Zorita de los Canes está situada en una curva del Tajo, al lado de los inútiles pilares de un puente que nunca se construyó, rodeada de campos de cáñamo y echada a la sombra de las ruinas del castillo de la orden de Calatrava. Del castillo quedan en pie algún muro, dos o tres arcos y un par de bóvedas". 

    Zorita tuvo su momento de auge con la primera central nuclear del país, la José Cabrera,  (cerrada en 2006, y también el inicio de su quiebra social). Para el viajero, lo primero es concertar posada. "Los habitantes de Zorita de los Canes son de raza rubia, como los alemanes o los ingleses. Tienen el pelo rubio y los ojos azules, y son altos y bien proporcionados". Las posaderas de ahora, de la Posada Municipal, son tremendamente acogedoras. Raquel, cuelga un bebé precioso, en una mochila; Silvia, con su hijo Joaquín, ya adulto, han encontrado aquí una vida nueva. Campo, belleza, tranquilidad, sosiego; y lo transmiten a cada instante. Dejar las cosas en la habitación y cena de bocadillo de jamón y queso de Pastrana, en la puerta grande del castillo, entre palomas y pájaros que tienen cientos de nidos en sus almenas. La noche estrellada en la terraza, viendo el Tajo, y el aire suave como música, acompaña las últimas hojas de Viaje a la Alcarria.

    Es la última jornada. Al salir para desayunar unas frutas en la ribera del Tajo, suena un buenos días cercano. Es Mariano, policía local de Jávea. Sin preverlo, se "monta la de San Quintín", afectuosamente hablando, un parlamento a "dos manos". Organiza carreras de cross por Requena, y admira a los también amigos maratonianos del viajero, Montero y Romera. Cuenta un millón de historias que narra con voz de locutor radiofónico. Su abuelo le repetía, "el que siembra, luego recoge", y Mariano está sembrado. Va a Recópolis, la ciudad visigoda, que vio en Ruralita de La 2. Lía al viajero, y ya no se deshace el ovillo. Que si José Vicente, su primo, el sumiller; que José Luis Perales compró aluminio a su tío para su casa en Cuenca. Hasta la mili como "boina verde", vigilando islas frente a los marroquíes (1987), con un teniente, un tal Fullana, un tío majo, quizás el mismo que el viajero tuvo en unas maniobras contra los "Legías" en Fuerteventura ("historias de la p. mili", que unen a viejos "mozos" de todas partes).  

    Y el epílogo al viaje es Recópolis. La ciudad de nueva planta y mayor realce del poder de un padre, Leovigildo, a su hijo Recaredo. La que la historia y el tiempo obligó a cargar sus piedras hasta el castillo de Mohamed I de Córdoba, luego cedido por Alfonso VIII a la orden de Calatrava (como esta tierra que sigue cediendo sus hijos a otros parajes de una España, la que deja despoblada su mayor piel). Es el final de un viaje, "...su excursión por la Alcarria ha terminado. La idea le produce alegría, por un lado, y tristeza, por otro. Ha aprendido muchas cosas y, sin duda, le han quedado otras muchas por aprender. Caminó por donde quiso y, por donde no quiso pasar, dio la vuelta...".  También para el viajero en Vespa, que al pasar por muchos rincones o no ha visto a nadie, o por otros donde quizás, dentro de poco, caigan las casas. Es la España vaciada, aquella que sólo puede contar su abandono, su historia. Mas ésta no pervivirá si no hay seres para contarla. O mejor, para seguir viviendo en una tierra que tiene mucha semilla para rebrotar la rica vida que tuvo.

    Al pisar la palanca de arranque de la Vespa, el viajero lo hace con rabia y pena. Siente que, si conocieran muchas gentes esta tierra, habría una segunda oportunidad. Él, volverá pronto, lo siente en las venas, mientras gira el puño del acelerador y la moto ronronea levemente sobre el asfalto.