Miradas
El último canto gregoriano a la muerte del padre
El frío atenaza la garganta y agarrota los dedos que intentan aferrarse al gozne de la puerta buscando el abrigo en el templo de Silos (Monasterio en la localidad de Santo Domigo de Silos, Burgos). La luz naranja de una farola alumbra los nervios de agua irisados sobre la piedra con las últimas flores de almendro que intentan guarecerse del hielo que llega por el valle de Tabladillo. Todo es silencio. Como aquel que calló los gritos de las brujas, dice la leyenda, que quisieron traicionar al Cid, sidi para los árabes. El Campeador de los libros de infancia en la caduca escuela de babis azules y brazo en alto, soldado mercenario, que luchó para quien mejor le pagare (símbolo conjurado para aquella "reconquista" cristiana confabulada, y que tantos revuelos genera hoy, por fin, entre los historiadores). A pocos metros, el torrente del Mataviejas truena con fuerza.
Entrar en la antaño abadía benedictina de San Sebastián de Silos, es chocar con una bocanada de calor y olor a incienso que se cuela de la piel hasta los huesos. Piedra desnuda, hasta la cúpula en su esfera circular. Sobrecoge un cristo retorciéndose en la cruz sobre el voluminoso y escueto altar al que rodean los asientos del coro.
Suenan Horas. Con las campanadas aparece un monje encorvado bajo su hábito negro, apoyado sobre un andador. Se sienta lentamente, no puede inclinarse, y con el gesto agotado encoge sus hombros mostrando su calva al altísimo, mientras rumia sus pensamientos. Luego, otros hermanos, en fila y silencio riguroso, se inclinan levemente ante el altar y luego a la sillería sobria del coro. Todos cogen el libro de oraciones con los cantos. Son las nueve y cuarenta de una noche oscura: Oficio de Completas.
Han cenado ligero y es el último del día. Alguno bosteza ajeno al público: una decena de residentes en la hospedería del monasterio, una mujer del pueblo que viene todas las noches, un "peregrino", no creyente, que viaja en su furgoneta donde le sopla el viento, y ahora toca la ruta del Cid, sin haber leído el Poema, no le importa, y el viajero.
El órgano comienza su lenta y repetida cadencia; sigue el recitado, grave, profundo y levantisco en sus letras; cantan la liturgia bíblica del día. Esta noche su paráfrasis vendría a decir, Señor, cuídame del otro el que me tienta, el que debe morir, sufrir, él y sus descendientes, señor, porque tengo miedo, paso terror, no puedo vivir tu fe, y necesito que lo castigues. Es del antiguo testamento, de testamentum, la alianza entre Yahveh y el pueblo judío; del nuevo ya vendrán las palabras que dictara Jesús de Nazaret. Esta noche es la huida de Egipto, y en aquellos, el miedo, el terror a ser aniquilados, de José, de la tribu elegida (miserable que este mismo pueblo, sus gobernantes, está asediando y masacrando, siglos después, a otro pueblo, el palestino, en respuesta al repugnante y condenable ataque terrorista de Hamás, y elevando a genocidio indiscriminado contra poblaciones con miles de niños y niñas, mujeres y mayores, asesinados aún cuando se encuentran en hospitales y escuelas).
Mas aquí perviven las huestes de san Benito con sus reglas de allá el siglo VI después de aquel Cristo, y aquí continúan ora et labora. Tiempos pasados tuvieron que competir con otros monasterios, publicitarse, para aglutinar un "ejército" entre sus muros. Así lo hizo Pedro Marín con sus Miráculos romançados (s. XIII), aquellos santos remedos para liberar cristianos cautivos de los musulmanes. Hoy, unos veintitantos hombres siguen voceros de su fe con su armoniosa voz y dormitan su alma con paz y vigilia; tienen al padre que no les abandona desde hace once siglos, que está ahí, como ya lo estuvo con los visigodos (siglo VII), dicen; ¿y la madre?, sí la madre, María, símbolo de tantas mujeres arrasadas en la memoria de la Iglesia, está en su último canto de despedida del día, de gratia plena, de calor y amor que gravita entre esos paños y capuchas oscuras que guarecen las manos que se hielan al roce con el libro sagrado. El viajero está asumiendo que ya no tiene padre, y la madre no puede arroparle. Aquel descansó de su calvario y ella está dormida, transida entre el dolor y el olvido.
Al salir del templo los pasos suenan secos sobre la piedra como los tacones en los desfiles militares, mientras van surgiendo en la mente pensamientos contrapuestos entre la fe y la razón, entre la teología y la filosofía, de cómo los poderosos se adueñaron de las conciencias de los hombres, y cómo otros muchos malviven de los despojos de la censura y la manipulación de aquellos. De cómo las guerras por el poder, el económico, el prestigio, y el sexo, desequilibraron la balanza. El quiquiriquí del gallo nos despertará en la madrugada y, antes del segundo canto, muchos negaremos la existencia del "enviado", tres veces, como lo hiciera un tal Pedro en las Escrituras no apócrifas. Y es que a cada uno nos cubre distinta luna. "Dejadme dormir", dice irónicamente un fraile que intenta cerrar la puerta del templo hasta la aurora con los maitines, allí estarán un puñado de fieles que se subirán al coro con los frailes.
Aquí, en el monasterio, renuncian a su vida primigenia, cuerpo y pasiones, por alcanzar la eterna. Aislamiento, orden y lejos de la razón, en un reloj de disciplina. La esencia individual queda arrebatada por la regla de la orden (sobre los monasterios y conventos se levantaron los paradigmas del espacio de poder que luego se verá en cárceles, albergues para pobres u hospitales). Sus espacios "expropian" el tiempo de un ser, sus claustros, sus vueltas y vueltas sobre el mismo tema, en las mismas horas, en los mismos versículos, "el alma es un círculo" escribió Platón. Aquí es donde mejor se defiende el alma del pecado, sometiendo al cuerpo del acecho de la "antitrinidad": el demonio, el mundo y la carne; ahora no cabe irse al desierto, aunque no está muy lejos con el cambio climático. Se bate al demonio con la oración, con privaciones, reglas y rituales. Mañana, en la misa de domingo, el sacerdote arengará al católico de la calle a expresar su fe, a no quedarse quieto, a intranquilizar al otro; no hacerlo es como los padres del ciego de las Escrituras, que no quisieron molestar al poder, por miedo (y ahora la iglesia ve muchos frentes donde se ha asentado el demonio, como siempre). Así que nos vamos en su búsqueda, del demonio decimos, por las inmediaciones.
Porque de diablos y señores del miedo están los cementerios llenos, menos el de la película El bueno, el feo y el malo (Sergio Leone, 1966), de Sad Hill, donde las balas son más numerosas que las almas enviadas al infierno. Es otro reclamo que convive con la abadía en Silos. Ahora hay casi más "fieles" buscando este lugar de cartón piedra que los misales del gregoriano de los benedictinos. Siguen "vivos" los mitos de los matones, y hombres.
Y es que de mujeres y sus mitos, como siempre, andamos escasos. Aunque, no muy lejos de tantas cruces, en Covarrubias, está la estatua de la reina Kristina de Noruega (Bergen 1234, Sevilla 1268). Candidata para contraer nupcias con Alfonso X que, amén de unir tronos, buscaba heredero que no alumbraba su esposa Violante. Mientras llega la vikinga ésta se queda embarazada, así que, como si de un mueble se tratase, aquella la pasa al hermano, el infante Felipe (otro papel asignado a la mujer secundaria y utilizada). Kristina moriría por una enfermedad contraída, según unos, y por tristeza, según otros. Su sarcófago lo enviaría su esposo a la colegiata de Covarrubias, donde había sido abad antes del matrimonio, enterrando allí su cuerpo y la promesa de que le construiría un templo para el culto a san Olaf II, el rey/santo del siglo XI, devoto de la noruega. Debió poner poco empeño pues se tardaron casi ocho siglos en asentar sus cimientos. A Olaf, el vikingo, convertido al cristianismo por un sueño, le costaría el exilio a "Rus de Kiev" por la que se matan ucranianos, rusos y bielorrusos (hoy en guerra con miles de muertos y exiliados, y no por religión, sino por el capital, como siempre; pero al coincidir con el conflicto palestino, está siendo relegada, desplazada por una actualidad que deberíamos analizar con qué cánones se dirige e interpreta).




El viaje comenzó en un templo con el canto de unos frailes de una apelación de un pueblo errante a la justicia y encomienda a un salvador para aplacar al enemigo. Termina con innumerables referencias a la mujer, sometida, engañada y luego protectora y madre. Quizás la historia se juegue entre la violencia y el amor, entre símbolos y hechos, entre los vencidos y los desaparecidos sin diferenciación de sexos. El padre que marchó a la guerra y alguien que queda para el cuidado del nido. Sin embargo, nos llega amor en masculino y guerra en femenino; aunque piedad, empatía, razón y filosofía vuelven con otra materialidad.
Sea como fuere, entrar en creencias, historia, lógica o realidad son extensiones complejas. Difíciles de desentrañar. Quizás lo más interesante sea enfrentarse a ellas en cuanto el tiempo, o la ocasión, lo irradien, esperando que nunca sea demasiado tarde. Por ahora, nuestro viaje debe continuar, conscientes de que está más cerca nuestro último réquiem, como el del padre. Porque no escucharemos, seguro, ningún canto gregoriano por nuestra alma, y es que ésta vagó por otros lares.
https://www.youtube.com/watch?v=UEly5LfjDNQ
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