viernes, 27 de febrero de 2015

Miradas

Pasiones y marrullerías.
Carnavales desde la ribera del Oba

"Tengo celos de mis ojos, de mí toda,
de ti mismo, de tu tiempo y lugar.
Aún grabado tú en mis pupilas,
mis celos nunca cesarán..." Wallada.
   En el campo de los Santos Mártires de la ciudad que cautivó a fenicios en sus incursiones mercantiles por su majestuoso río -Kart-Oba, Córdoba, ciudad del Oba-, un templete protege un pedestal con unas manos y los versos de dos enamorados, Wallada bint al-Mustakfi, en árabe ولادة بنت المستكفي, hija de uno de los últimos califas de sangre omeya con una esclava cristiana, y de su amante, el poeta Ibn Zaydun. Wallada, dicen, se enamoró de otro al que el poeta escribió una carta como si fuera la propia princesa. Wallada lo llamó degenerado, ladrón... Antes, en la pasión, se habían dicho:


"Tu amor me ha hecho célebre entre la gente.
Por ti se preocupan mi corazón y pensamiento.
Cuando tú te ausentas nadie puede consolarme.
Y cuando llegas todo el mundo está presente". 

                                          Ibn Zaydun.


Escena de La puta enamorada,
dirigida por Jesús Castejón.
www.teatrocordoba.org
   Diez siglos después, un viernes 13, vísperas del día de los Enamorados y de Carnaval, muy cerca de la plaza de las Tendillas, el Teatro "Luis de Góngora" cuelga el cartel de La puta enamorada de Chema Cardeña, un título malsonante, pero con una historia de amor que choca con una realidad palpable en el Madrid de los Austrias. María Calderón, “La Calderona”, amante del rey y cómica de las corralas, enamora al maestro Diego Velázquez que debía hacerle un retrato por encargo del mismísimo monarca. La lucha por salir de la miseria en un mundo de pícaros y rufianes se convierte en tragedia cuando aparece el Amor. Hay, posiblemente, parte o mucho de una historia real del artista, y que aquí se llena reivindicación de libertad y valor de la mujer en un mundo dominado por el hombre. Velázquez quiere pintarla desnuda. 
Venus del espejo (1650), Diego de Velázquez.
   El reto le devuelve el entusiasmo por su trabajo ya rutinario como su matrimonio fracasado. Ella es franca en su huida del hambre. El pícaro que la debe acompañar se arrastra será ruin buscando su supervivencia, denunciando al pintor por sus fe poco ortodoxa. Detrás de todo el universo creado, el miedo. Miedo por enfrentarse al poder real por arrebatarle lo más ansiado, y miedo porque sus ideas chocan con una Inquisición reventadora de cuerpos y almas. Religión, iglesia, dogma, poder real... Pero los tiempos cambian, ¿o no?
   Al otro lado de la ciudad vieja, en la plaza de Capuchinos, más conocida por el Cristo de los Faroles, un centenar de jóvenes apura el último trago de cerveza antes de liarse el fajín de tela a los riñones y ceñirse a la cabeza un tela de saco enrollado hasta la frente, como si de antiguos esclavos egipcios se tratase.
   Son los costaleros de la Hermandad de La Paz que, bajo la mesa, como llaman el entramado de vigas que sustenta las imágenes, sincronizan minúsculos pasos guiados por sus capataces. Pasan a milímetros de fachadas, balcones y farolas por el laberinto de calles estrechas del casco viejo. Sus parejas disparan instantáneas desde sus móviles para el álbum universal, nada es privado ya, y los vigilantes cósmicos dilucidarán por sus rasgos, en millonésimas de segundo, si se larvan indicios terroristas, en una búsqueda desesperada de los túnicas con cuchillos largos que cortan cabezas e imponen el terror a no muchos kilómetros de esta mítica ciudad cruce de culturas y sortilegios religiosos.
Guadalquivir y al fondo la Mezquita/Catedral.
commons.wikimedia.org
   Pasada la media noche la procesión llegará a la ahora catedral, antes mezquita, símbolo del poder y la riqueza cultural de siglos de convivencia religiosa en lo icónico y mágico (un pasquín semienterrado recoge que el siendo presidente José María Aznar modificó la Ley Hipotecaria, en 1998, para permitir que la Iglesia Católica tuviera potestad de inscribir a su nombre bienes que no están inscritos en el Registro de la Propiedad; es lo que se denomina inmatricular, y que algunos llaman “donación en pago", por los favores que le propinó la institución en la calle ante ciertos asuntos políticos conflictivos (como aborto y terrorismo). Una chirigota de cinco jóvenes -armados de sombrero, guitarras y bolsas de supermercado-, ironizan con ingenio, en la esquina que baja al puente, la venta a los chinos del mundo entero.
Perfiles de Rouco y Botella.
   En la capital de la Corte poder político y religioso comparten mesa camilla. La cónyuge de Aznar, Ana Botella, todavía tiembla a los cursis tacos de sus amigas ursulinas y derrama el coffy ante su ahora jefe de filas, Mariano Rajoy, porque no modificó la ley del aborto para los casos de menores de edad. Su vecino, el exarzobispo Antonio María Rouco Varela, se limpia algunas migas de galleta anisada de su sotana pulcra e ilustrada, que caen indeleblemente en su "cochambrosa" vivienda de cuatrocientos metros cuadrados al lado de la Almudena (mientras repasa el nuevo currículo de la materia de Religión, recreándose en los "Estándares de aprendizaje evaluables para el alumnado" de Bachillerato y su puntuación de cara a la Universidad, del apartado 2.1. Reconoce con asombro y se esfuerza por comprender el origen divino del cosmos y distingue que no proviene del caos o el azar. ¡Casi nada, prodigio de mentes se irán formando! ¡Qué risitas sarcástica lanzará el ministro Wert!). De vuelta a la procesión, ¡buenos inmuebles se está regalando alguna jerarquía eclesiástica mientras a los fieles les alzan los pisos con desahucios, para luego, en Semana Santa, que estos tengan cuidado que las andas no rocen los brillantes mármoles de los bancos bendecidos con birrete!
Putin, Merkel y Hollande. www. La Vanguardia.com
   Bajo otra mesa, en el extremo de Europa, tiemblan, a esas mismas horas, los juanetes de sus dirigentes, mientras se juegan los laureles por el fin al conflicto de Ucrania. Junto al cherif USA plantan cara al bravucón Putin, el nuevo zar de una Rusia con aires bélicos ultramontanos. El frágil acuerdo de paz, con tres días para su puesta en marcha, supone de facto un sinnúmero de muertos a costa de dejar banderas lo más cercanas al corazón de los ucranianos. Una vez más la sensación amarga de que los largos años de paz interna y sumisión de la vieja Europa a los EEUU le habían cortado las zarpas de viejos bárbaros indómitos, regurgitaba en las entrañas de una joven bachiller a la que este impasse carnavalero, le revolvía las tripas y le avivaba el deseo de ser diplomática denunciando, quizás, que una nueva sabia es necesaria en las mesas petitorias de paz (todos los hombres de su familia se encuentran en el frente).
   Pero no todo es gris y muerte. Al otro lado del Atlántico, donde desemboca el Oba, en la aparente calma de la huidiza revolución bolivariana, cientos de jóvenes, vestidos con aires europeos y pocas telas indígenas, se manifestaban ante una cadena de televisión para que volviera a emitir los Simpson en el horario habitual. Las costumbres son las costumbres, y el humor, con cierta crítica ácida, embotellada en un discurso político no muy incorrecto y venial, se convierte en la reivindicación principal, por unas horas, en las redes virales, haciendo olvidar la difícil realidad de un pueblo que sigue resurgiendo de las cenizas. Estos gritos tienen mayor eco en nuestras televisiones que los momentos cruentos de las luchas a muerte de los allí débiles, todavía. Todo va muy deprisa. Parece que el pánico, tras el horror de lo acaecido a la publicación Charlie Ebdo, ha pasado. 
Lluvia de Cer2. Galería "Creta Arte".
   El edulcorado cinismo del arroz tres delicias de la familia amarilla arrasa. No sabemos si algún eslogan colgaba “Todos somos Simpson”, aunque visto lo visto quizás no esté tan mal otros veinte años más de serie, que dicho sea de paso es de lo más sugerente ante tantos programas destripacerebros en las teletontas, donde lo terminal no alcanza más que a sentarnos alrededor de la mesa-camilla para terminar de hacernos una paja mental que nos atonte hasta el día que vengan los de Finisterre a postrarnos entre cuatro tablones de pino y fundirnos en un santiamén. Quizás es que no tengamos en el cerebro, a estas alturas, más que resina, o grasa de cerdo.
    Así que en ese trajín, mezcla de rojos corazón y chirigotas, no llegaban nítidos los gritos de esos cientos de seres desesperados que siguen demandando justicia y que lleguen las medicinas que frenen a la parca que les estruja las entrañas. Los enfermos de hepatitis C tienen una última oportunidad ante el inescrutable paso de las agujas del reloj, como tantos otros en otros frentes, y no pueden esperar a que los partidos políticos se aclaren en las listas de sus candidatos ante tanta cita electoral prevista este año. Quienes aún gobiernan deben aplacar este mal, y otros males que han diezmado de moral a millones de seres, castigados a la pobreza de todo tipo, durante los cuatro años que ahora se les terminan. 

www.publico.es
   Que no engañen bajo otra careta, como ahora se ha visto en el debate sobre el "Estado de la nación", con una lluvia de promesas, y entretenimientos varios de paso, jugando con una tablet, y que a buen seguro logran aplacar la memoria de algún débil hambriento. Veremos nuevos y viejos rostros en las mesas de los albergues departiendo con personas sin hogar, comer un caldito y pollo embarrado, para luego correr a sus sedes para pegarse el festín aplazado por unas horas y saltar a las mesas futuristas de los medios precavidos en afianzar sus líneas editoriales (fíjense en lo más debatido tras las sesiones, el jueguecito de la diputada Celia Villalobos, qué casualidad). 
   Como dijo el cordobés Luis de Góngora en unos versos de Cuando pitos flautas
   Da bienes Fortuna/que no están escritos:/ cuando pitos flautas,/cuando flautas pitos. ¡Cuán diversas sendas/se suelen seguir/en el repartir/honras y haciendas!/A unos da encomiendas,/a otros sambenitos./Cuando pitos flautas,/cuando flautas pitos... Porque en una aldea/un pobre mancebo/hurtó sólo un huevo,/al sol bambolea,/y otro se pasea/con cien mil delitos./Cuando pitos flautas,/cuando flautas pitos.
   Pues así andamos, entre pitos y flautas. Menos mal que el poeta también nos dejó rastros de pasión amorosa en su Manda Amor en su fatiga; eso sí, con cabeza, echando ya entonces en falta lo que ahora nos merman:    Manda Amor en su fatiga/que se sienta y no se diga;/pero a mí más me contenta/que se diga y no se sienta. En la ley vieja de Amor/a tantas fojas se halla/que el que más sufre y más calla,/Ese librará mejor;/¡más triste del amador/que, muerto a enemigas manos,/le hallaron los gusanos/secretos en la barriga! Manda Amor en su fatiga/que se sienta y no se diga;/pero a mí más me contenta/que se diga y no se sienta.

   Pues que no callen bocas, que besen, y se sientan.

martes, 3 de febrero de 2015

Miradas

No importa
Zaida Escobar observa los rostros en su cotidianeidad.
Le interesan los gestos, y los matices.
  No importa otro desahucio más cuando cerca de cuarenta mil millones de euros llegaron a Bancos y Cajas de Ahorro; y es que tan poco crédito tienen ya las palabras...
 No importa cuántos Anónimos mueren en los pasillos de los hospitales amontonados; como miles de estudiantes en aulas atiborradas (con que balen y rebuznen en un segundo idioma, se comenta en los despachos del Ministerio). Llegó la hora de cerrar la Universidad a los menesterosos y pobres de bolsillo. El Máster ha desbancado a la Razón y la Crítica.
   No importa que estas generaciones se hundan en el analfabetismo, tremendamente consumista, alienada en la torpeza por las basuras telemáticas y  atolondrada por las nuevas tecnologías con usos pueriles. 
 No importa que la violencia no haya desaparecido en las casas contra las mujeres, ni de los hijos "Nini" contra los padres, ni en las calles, ni en las comisarías; los observatorios y medidas sociales cuestan un pico, y ahí está la crisis para cerrarlos.
    No importa, eso sí, que se instaure de forma subrepticia la cadena perpetua en cárceles bajo eufemismos de "condena revisable", si hay alguien que cree en la reinserción. La tinta azul y "decolorada" de acuerdos contra el terrorismo  se seca lejos del rojo fuerte que cae en las concertinas del sur, donde se practica el "desahucio" vital con palos y fusiles que suenan en la noche al otro lado de la valla. No hay tinta para mojar talonarios que ataquen de muerte al hambre y el terror que los empuja allí en sus casas.
Instinto.
   No importa que las siluetas espeluznantes de mujeres vestidas de negro de cabeza a los pies en determinados países islámicos se perpetúen; pero cuando una mujer negra, Michelle Obama, se niega a llevar el velo en una recepción por aquellos lares... Dicen que tiene poder, como tantas otras que también lo hicieron (hasta la exministra Mato, miren), pero la estupidez con la que algunos medios americanos critican este insignificante, pero importante, detalle que aliente lo humano y venza al miedo no ha tenido mesura. 
   No importa que el paro se haya enquistado en esta sociedad (cuatro millones y medio de personas en las encuestas, sin contar las que se fueron y las que no acuden ya a la ventanilla); el gobierno inyecta mensajes intravenosos sobre el furor de las bolsas y la macroeconomía. A las colas de las oficinas de empleo, y a los rendidos en las avenidas en cartones, los sin techo, flamantes vehículos millonarios de cristales oscurecidos los "gasean" con humos edulcorados.
   No importa que otro olor a gas y crematorio se extienda aniversario tras aniversario del campo de concentración de Auswitch y del horror nazi; los presos españoles en aquellos campos de exterminio, republicanos exiliados tras la guerra civil, no fueran reconocidos por el dictador Franco, dijo que no eran españoles, ni por los sucesivos gobiernos tras la instauración de la Democracia, miraron para otro lado.
   No importa el mensaje, o sí, cuando este va hacia la emoción, sin tener en cuenta las ideas o los proyectos. Hay tanta rabia, desde hace tanto tiempo, que es necesario vocear a la Utopía. En los próximos tiempos subirán muchos juglares a las tribunas. Habrá masas aplaudiendo. Alguno hasta se hará bufón del rey.
  No importa, es el título de una serie de relatos de Agota Kristof, (Hungría 1935, Suiza 2011), autora también de El gran Cuaderno, una trilogía estremecedora sobre la violencia y la vacuidad humana. No importa es la suma de seudopoemas que juegan entre el absurdo y la fantasía, sobre la inanidad de una vida adulta y la búsqueda de la niñez.
   No importa quienes seamos. Cuando buscamos refugios contra la indolencia, banderas contra la injusticia, y se quiere abrir una rendija a la esperanza, no sobra nadie.

P.D.: Obra de Zaida Escobar. http://zaidaescobar.blogspot.com.es/
Los interrogantes que disparan sus trazos crecen por encima del texto y simbolizan la rabia y la fuerza que guarda esta artista nunca indiferente con la realidad.